Hablamos tanto del respeto a uno mismo y al otro, en nuestra y en todas las culturas, que de repente aquello que podría ser un fenómeno de profunda fuerza, termina por acabar en aquella banalidad de un concepto prefabricado que no alcanza a sumergirse en el encuentro de uno con nadie más, ni con uno mismo.

Todas, absolutamente todas las relaciones humanas comienzan por el respeto. No comienzan por la comunicación, ni por la simpatía, por el gusto ni el disgusto. Una vez establecido el encuentro, lo que lo sostiene es simplemente el respeto.

Si no puedo verte y tratarte como igual a mí y a todos, con las mismas posibilidades y capacidades, de ser igual o distinto, pero de ser, de estar en derecho a ser todo aquello que eres en tu experiencia humana, pues allí no habrá respeto.

Si no tengo la posibilidad de tratarme a mí mismo como se merecerlo, lo acepto y me paro frente a ello desde mi fuerza, aceptando aquellas renuncias que ello conlleva, habré de ser condescenciente ante mi mismo, y me quedaré con una fracción de mí, incompleta e irresuelta.

Pero la verdad verdadera es que siempre estaremos incompletos e irresolubles, porque el proceso es infinito, aunque no por ello nos detengamos en las frustraciones, en los conformismos y los espejismos de irrealidades. Aceptar nuestros propios tiempos, el timing de las cosas, también merece nuestro respeto.

Somos en consecuencia a los retos que nos establecemos. Nos relacionamos en consecuencia al respeto que nos tenemos. mindfullness final.jpg

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