La vida transcurre bajo el manto del tiempo, las rutinas y los hábitos. No sólo los hábitos personales sino los sociales, que nos dan orden, nos estructuran y a veces nos llevan a olvidarnos de la razón y fundamento de lo que hacemos en este plano llamado vida.
Si la vida es sólo pasar por aquí unos tantos menos de 100 años y ya, pues a qué caso vendría esto, no?
Como todos los mortales sabemos y sentimos en distintos momentos de nuestras experiencias vitales, estamos aquí para algo más que transitar por el tiempo. Estamos a la vez para transitar por la experiencia del aprendizaje propio.

Cada uno desde su esencia, viene con su huella personal, marcada en tinta indeleble. Está y no está. Estamos y no estamos en nosotros.
Para estar dentro de nosotros mismos, reconociéndonos sin espejos ajenos, ameritamos tiempo de aprendizaje. Para saber quiénes somos, cuál es nuestra esencia, nuestra huella personal, tan propia como nuestra huella dactilar, para conocer nuestra cimática, habemos encontrarnos en el silencio con nosotros mismos, desde un centro ergido de energía y fuerza, pero no aquella de la soberbia, la onmipotencia y la vanidad.
Este centro que somos cada uno de nosotros, este mensaje personal que traemos, está en nosotros de principio a fin.
El padecimiento humano viene de nuestra propia enajenación. Mientras más perdidos estamos, menos nos estamos reconociendo, y surge el miedo, son tantos que nos agobian, y nos enconchamos, nos resguardamos en el cascarón de lo conocido y lo nombrado por otros.
El bien y el mal de los otros, de los pueblos, de las civilizaciones y los códigos de ética y legales de cada Estado. Nos enajenamos pero al menos convivimos entre todos.
Y acaso eso será suficiente? la simple supervivencia en lo conocido será suficiente?
Es obvio que no verdad? sino no seríamos tantos y todos en distintos momentos rebusando dentro y fuera de nosotros algo más, que no es la satisfacción ni la felicidad sino la esencia, la huella personal.
Quien se encuentra en su centro podría encontrarse en un estado mental de mayor lucidez, de mayor resonancia interna, de mayor claridad en general, donde los afectos pasan a un plano más contenible, se los observa, se les deja respirar pero no agobian, fluyen y pasan y ya está, pues el camino es otro que no el estancamiento. El camino es el propio, el mío, el del sí mismo, que ningún otro comprende. Es casi siempre en solitario pues nadie tendrá tu exacta huella personal aunque otros puedan verte y respetarte desde donde estás, pero nunca podrán meterse en tí de lleno ni navegar a sus anchas, pues tú eres único e irrepetible.
Vaya que suena romántico pero no lo es tanto, pues en la soledad se pasa por el desapego, la soltura y la libertad. Los budistas llaman a su camino aquel que lleva a la iluminación y la liberación. Nos iluminamos en lucidez y obrando desde el bien propio, la ética pasa a ser completamente personal aunque aterre, todo es de responsabilidad propia, se acaban las ezcusas. La liberación es la soltura de los apegos, los miedos, a veces hasta los afectos y vínculos íntimos y lejanos en la dimensión que suelen tener en la mayoría de los humanos.

Aún para mí está por entender el sentido de este sentido..

Iremos pensando..

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