Migrar se ha convertido en una práctica común entre las personas jóvenes que deciden explorar nuevos horizontes, los habitantes de países en guerra que buscan refugio en países en menor conflicto, y los trasladados de grandes compañías globalizadas desde el siglo pasado.

En cada una de sus versiones, emigrar del país de origen (para escoger una de sus formas), es la ruptura nuclear de la experiencia cotidiana con la casa. Es exactamente igual que cuando nos mudamos de casa porque nos independizamos y dejamos la casa materna/paterna para hacernos de una vida distinta. Siempre, aún viniendo de razones positivas de crecimiento y avance, y no tanto de huida y refugio, siempre tendrá implicado un coste importante para la persona y su núcleo social.

El que ha emigrado sabe lo que implica meter en 4 maletas -si corre con suerte- la historia de su vida, sus afectos, sus apegos, sus objetos que los representan. ¿Serán las fotos, serán los libros, aquella franela (camiseta) de la adolescencia?

El momento en sí mismo de la partida es quizás el más fuerte y extremo, es el momento del parto. Estamos pariéndonos a nosotros mismos en la salida de la casa. ¿Y quién osa de pensar que afuera será mejor que adentro? nada menos que el valiente! No cualquiera toma una decisión como esta, por necesidad o por deseo.

¡No me malinterpreten lo que se quedan! Aquí no estamos haciendo competencia de quien es más bravo que el otro. Aquí sólo nos estamos enfocando en una parte de la camada humana: ¡los aventureros de caminos vitales!

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